La flor cortada

El pasado fin de semana, por aquellos azares dicotómicos de la vida, tuve que asistir por la mañana a un entierro y por la tarde a una boda. En ambos casos, además de la consabida presencia de amigos y familiares, acompañaban el evento un buen número de flores.

Flores cortadas, arrancadas de su efímera vida para embellecer silenciosamente momentos puntuales en la nuestra.

Evidentemente, la diferencia en uno y otro caso era notable, como el ambiente que se respiraba, sin embargo en ambos casos las flores eran abundantes y exuberantes. Pero lo que me llamó la atención fue que en la larga enfermedad de la ya difunta y a la que tuve la posibilidad de visitar en numerosas ocasiones, jamás encontré, ni llevé, una sola flor que le alegrara la vista y el ánimo, una flor que le acercara la primavera, aunque fuese como ésta que vivimos, disfrazada de invierno. Sin embargo, una vez muerta -«la cebada al rabo» que diría mi sabia abuela- flores por todas partes, coronas y más coronas para alguien que ya no puede disfrutar del color ni de la textura de una flor.

En cuanto a la boda, todo era un festival de sentimientos amorosos expresados por medio de las flores, flores que reciben a los novios y pétalos coloridos que los aguardan a la salida.

Pero ¿qué ocurre entre un acontecimiento y otro? Tal vez, con mucha suerte, la novia recibirá algún ramo cuando traiga al mundo a algún vástago, o, quizá, le haya tocado en suerte un hombre atento que le llevará flores por San Valentín o por su cumpleaños. Desafortunadamente, son más las veces que se esperan flores y no se reciben que las que se reciben sin esperarse. Aunque todos sabemos, o imaginamos, que, cuando estiremos la pata, tendremos un hermoso ramo esperando ser pisado por esa alargada extremidad.

Pensamos que los grandes momentos, llámense bodas, nacimientos, o muertes, son los que han de ir acompañados por flores, sin embargo hay infinidad de momentos, tan grandiosos como puede ser una boda e infinitamente superiores a un funeral, a lo largo de nuestra corta vida, en donde una flor habla más que cualquier palabra, incluso sin tarjeta que la acompañe.

Tengo una amiga que todos los catorce de febrero recibe un hermoso ramo de rosas rojas. Las primeras veces le dio las gracias a su marido pero al ver el ceño fruncido de él y su interrogatorio al que, evidentemente, ella no sabía contestar, entendió que su amado nada tenía que ver con semejante detalle. No sabe quién se las envía -ventajas o desventajas de las empresas que pueden traer flores desde cualquier lugar-, no traen más información que el mensaje que encierran cada uno de sus pétalos. Todos los años posteriores las ha escondido en los más inverosímiles lugares para no encelar a su marido, pero cuando se acerca febrero su corazón renace a la espera de unas flores que, sin saber quién las envía o de dónde proceden, alfombran las pequeñas trizas de vida que van cayendo a sus pies durante el resto de los once meses. Como ya dijera el poeta: «Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera» ni tampoco la silente alegría de mi amiga a recibir esas flores cortadas para ella.

Fuente: La Verdad

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